Hoy dije "tengo que ir al ñoba", usando la palabra "ñoba" por primera vez en años. ¿Será una señal de que este blog se está reactivando? ¿O re-activiando?
viernes, 26 de febrero de 2010
lunes, 28 de diciembre de 2009
Otro mamífero
Mi abuelo (¿o mi abuela?) decía: "De las aves que vuelan me gustan el chancho", cuando escuchaba, él o ella, algún bolazo notorio.
Yo digo hoy: "De las aves que vuelan me gusta el chivo".
lunes, 21 de diciembre de 2009
Ella también decía
Después de cuatro años de duelo, después de haber exorcizado todo lo peor de mi abuela Argentina en una obra de teatro, estoy dándole lugar en mis charlas cotidianas a las expresiones de ella. ¿Se convertirá este blog en "Decía mi abuela"?
martes, 20 de octubre de 2009
El ojo ajeno
Mis abuelos se daban mucha manija criticando a Pinti por malhablado.
Mi abuelo podía putear a Dios y María Santísima y no pasaba nada.
viernes, 9 de octubre de 2009
¿Hola?
¿Alguien me explica el origen y/o significado de esta alternativa al simple "hola" que usaban mis abuelos para saludarme?
"Hola, Manola, te traje una lola. Hola, mi amor, te traje un alfajor".
En realidad, uno decía primero "Hola, Manola, te traje una lola" y yo tenía que contestar "Hola, mi amor, te traje un alfajor".
¿Era una publicidad antigua? ¿Sería de radio? ¿Qué cosa era una lola, ya que no creo que fuera un pecho?
miércoles, 7 de octubre de 2009
Tarjeta de embarque
El señor José y yo nos vamos de viaje.
Pueden seguir nuestras aventuras en el blog Allá es distinto.
Pero no dejen de asomarse por aquí, que cuando me temo que se agotaron los dichos y anécdotas de mi abuelo, siempre aparece algo más.
sábado, 3 de octubre de 2009
Los hippies
A mi abuelo no le gustaba nada la feria artesanal que desembarcó a mediados de los '80 en la Plaza Belgrano.
Se refería a "los hippies" muy despectivamente (y, cosa rara en él, lo pronunciaba bien). Yo nunca había escuchado hablar antes de hippies. Mi abuelo era puro prejuicio y lugar común: me explicaba que eran sucios, vagos, etc.
Por mi parte, yo estaba enojada con la feria porque los fines de semana me reducía el circuito de la bici.
Después, cuando ya no vivía a media cuadra, comencé a amarla. Y es un romance que dura hasta hoy. Me parece que en ningún otro lugar encuentro cositas para mí y para regalar como en esa feria. ¡Vivan los hippies de Plaza Belgrano! Mañana voy por allá.
viernes, 2 de octubre de 2009
Muñecas
Cuando mi abuelo vendía tarjetas de estacionamiento en la puerta de la Galería Belgrano, tenía la costumbre de hacer la vista gorda cuando paraba la camioneta de la juguetería. A cambio recibía generosas propinas y... ¡muñecas para mí!
Éstas son las muñecas que me regaló mi abuelo:
- Una bebota gigante, que casi me tenía que hacer upa ella a mí, a la que yo llamé Jorgelina.
- Una bebota algo más chica, que cuando le apretabas la panza daba besitos. Se llamaba Kissie, creo que porque lo decía la caja.
- Una Barbie Trenzas, con su trenzador.
- Una Barbie Cocktail, por lejos la más bella de todas las Barbies.
Mi baba me traía muñecos con ropas típicas de los lugares a los que viajaba, me compraba libros y me llevaba al Colón a ver la ópera para niños. Mi abuela Argentina no me regalaba nada. Mi abuelo, digo siempre, era el único que entendía que yo era una niña y me regalaba esas muñecas que sólo servían para jugar.
martes, 29 de septiembre de 2009
Manos
"Manos de manteca", me decía mi abuelo cuando se me caía algo, lo que pasaba, y sigue pasando, con bastante frecuencia.
No era un chiste, no era cariñoso, me lo decía en serio y a mí me daba una bronca bárbara. Pero lo peor era cuando se enojaba de verdad (¿había roto algo? ¿había hecho mucho enchastre?) y me decía "manos de caca". Ahí me hacía llorar.
Y así pasaban nuestros días. Cuando no nos estábamos peleando, nos estábamos reconciliando.
domingo, 27 de septiembre de 2009
La memoriosa (y un palo final para mi abuela Argentina totalmente fuera de lugar)
Ya no soy tan Funes como cuando trabajaba en cierta institución de derechos humanos y recordaba fecha probable de parto de TODOS los niños nacidos en cautiverio. Olvidarme de cosas me parece ahora un síntoma de salud. Sin embargo, creo recordar que la nueva lectora La Flaca Benelli, que fue conmigo al jardín de infantes y a otro grado de la misma primaria, es la niña que señalo con la flecha roja:
¿Será?
Por si la estaban pasando lindo en este blog, los despido con una auto-cita, a propósito de ésta y otras fotos similares.
abro el álbum de fotos
que me llevé de su casa
y allí estoy
con la misma alegría feroz
en la sonrisa del lobo
y superpuestas
las dos colitas
que parecen de otra persona
ella no me vio
no supo
no quiso
fue más fácil
decir
ella no recuerda nada
suponer
que no vi nada
cuando entraron a mi casa
y nos secuestraron
pensar
que soy feliz
porque me malcrían
porque no tengo que hacer mi cama
ni lavarme las bombachas
ni comer verdura si no quiero
ni pasarme el peine
porque duele
De Ábaco.
Creo que nunca voy a llenar teatros. Así no. Nunca.
viernes, 25 de septiembre de 2009
El helado
Lamento informar que, a pesar de que vivíamos a la vuelta de una mejores heladerías de Buenos Aires, mi abuelo no tomaba helado.
Mi abuela Argentina tomaba solamente la parte que sobresalía del vasito y me daba el resto a mí.
Mi abuela Rosa, mucho más golosa, se tomaba su heladero entero, y yo, malcriada y caradura, me enojaba.
Los heladeros son los mismos y a veces fantaseo con declararles mi amor eterno, pero nunca me animo. Ya lo saben, lectores: Heladería Gruta, Sucre entre Cabildo y Obligado, una de las pocas cosas que me siguen encantando del barrio de Belgrano. El recomendado de Perez: dulce de leche con banana. De nada.
jueves, 24 de septiembre de 2009
Miguelito
Miguelito era el mozo. Le pregunté "¿Vos cómo te llamabas?", después de que él me preguntara a mí, haciéndose el que se acordaba de mi abuelo, "¿Cómo era que se llamaba?". Me pareció que mentía y Marie, con años de lidiar con clientes a cuestas, fue la primera que se animó a ponerlo en palabras.
Un rato antes de encontrarnos en la puerta de Cabildo, había pasado por lo que supo ser el café PTT. La vieja "pecera" no existe más y en lugar del mozo pelado con camisa blanca que yo recordaba, había una chica vestida de negro y con bandana. Pero, detrás de la máquina de café, con el pelo corto y canoso, estaba el empleado que hacía el truco del platito. Me puse tan contenta que no tiene nombre.
Pero cuando volvimos en dulce montón a sentarnos, ya no estaba. Le pregunté por él a la moza que nos atendía (y que no nos dejaba juntar las mesas) y dijo que Marcelino, tal su nombre, se retiraba a las 18. Marcelino, ya te voy a agarrar.
En una de esas divisé al mozo de siempre, pero con camisa negra, que volvía de entregar un pedido y estaba a punto de salir con otro. No sé qué cara habré puesto, pero la Señorita M se levantó rápida como el rayo y le fue a hablar. Al rato vino a saludar e hizo la comedia de acordarse de mí y de mi abuelo. Al minuto estaba hablando de sí mismo, de los cuarenta y un años que hace que es mozo y de la nota que le hicieron en la revista de Crítica. Podría linkearla, porque ya la encontré, pero no tengo ganas de hacerle propaganda. Yo le había dicho que escribía sobre mi abuelo, sobre su trabajo y sus compinches, y que estaba ahí con amigos a los que les quería mostrar todo eso. Me dio bronca que ni siquiera simulara un poquito de interés. Y no porque estuviera muy ocupado, porque no le faltó ánimo para hablar de sí mismo, de su carrera como mozo, de la venta del café hace dos años, y hasta le quedaron ganas de ponderar la reforma del lugar que ahora tenía un estilo más "patio de comidas" (eufemismo por falta de paredes).
Mi abuelo pasó por lo menos cinco años parando en ese café. Mi abuelo era uno de los que lo llamaba por su diminutivo, Miguelito. Mi abuelo le debe haber dado propina cada puta vez.
A las 19.45 la moza nos avisó que a las 20 cerraban, trajo una cuenta abultadísima que me hubiera encantado pagar pero no pudo ser, y chau pinela.
Lo lindo fue compartir ese rato con la Señorita M, Norman y Leonchus, Sil, Ale y Fede, Jose y mi primita, y conocer a Marie. La próxima, en la heladería Gruta y por lo menos tomamos helado rico rico, como siempre.
No hay caso, no hay lugar como la memoria.
Los dejo con un fragmento de la entrevista de Crítica:
- ¿Se hizo amigos en la galería?
- Un montón [lástima que no me acuerdo los nombres], pensá que muchos locales tienen más de cincuenta años. Ahora, a las cuatro, tengo que ir a un local donde ocho mujeres [empieza a babear] toman un curso de tejido, a levantar el pedido.
- ¿Y es un poco como si entrara el galán? [El periodista tira cualquiera a ver si pasa algo en la nota]
- Y bué, hay que atenderlas un poco a las chicas... [El viagra nos obliga a soportar este tipo de comentarios de señores mayores que en otras épocas optaban por un silencio avergonzado, prostático, pero no exento de dignidad].
Buh, Miguelito. Buh.
