
Tenía copada la parada de la plaza Belgrano y las inmediaciones de Cabildo y Juramento. Mi abuelo no lo podía ver, como al otro tarjetero.
Hoy el globero sigue firme en su puesto, y mi abuelo lo putea desde el Más Allá.
miércoles, 18 de agosto de 2010
El globero
jueves, 24 de septiembre de 2009
Miguelito
Miguelito era el mozo. Le pregunté "¿Vos cómo te llamabas?", después de que él me preguntara a mí, haciéndose el que se acordaba de mi abuelo, "¿Cómo era que se llamaba?". Me pareció que mentía y Marie, con años de lidiar con clientes a cuestas, fue la primera que se animó a ponerlo en palabras.
Un rato antes de encontrarnos en la puerta de Cabildo, había pasado por lo que supo ser el café PTT. La vieja "pecera" no existe más y en lugar del mozo pelado con camisa blanca que yo recordaba, había una chica vestida de negro y con bandana. Pero, detrás de la máquina de café, con el pelo corto y canoso, estaba el empleado que hacía el truco del platito. Me puse tan contenta que no tiene nombre.
Pero cuando volvimos en dulce montón a sentarnos, ya no estaba. Le pregunté por él a la moza que nos atendía (y que no nos dejaba juntar las mesas) y dijo que Marcelino, tal su nombre, se retiraba a las 18. Marcelino, ya te voy a agarrar.
En una de esas divisé al mozo de siempre, pero con camisa negra, que volvía de entregar un pedido y estaba a punto de salir con otro. No sé qué cara habré puesto, pero la Señorita M se levantó rápida como el rayo y le fue a hablar. Al rato vino a saludar e hizo la comedia de acordarse de mí y de mi abuelo. Al minuto estaba hablando de sí mismo, de los cuarenta y un años que hace que es mozo y de la nota que le hicieron en la revista de Crítica. Podría linkearla, porque ya la encontré, pero no tengo ganas de hacerle propaganda. Yo le había dicho que escribía sobre mi abuelo, sobre su trabajo y sus compinches, y que estaba ahí con amigos a los que les quería mostrar todo eso. Me dio bronca que ni siquiera simulara un poquito de interés. Y no porque estuviera muy ocupado, porque no le faltó ánimo para hablar de sí mismo, de su carrera como mozo, de la venta del café hace dos años, y hasta le quedaron ganas de ponderar la reforma del lugar que ahora tenía un estilo más "patio de comidas" (eufemismo por falta de paredes).
Mi abuelo pasó por lo menos cinco años parando en ese café. Mi abuelo era uno de los que lo llamaba por su diminutivo, Miguelito. Mi abuelo le debe haber dado propina cada puta vez.
A las 19.45 la moza nos avisó que a las 20 cerraban, trajo una cuenta abultadísima que me hubiera encantado pagar pero no pudo ser, y chau pinela.
Lo lindo fue compartir ese rato con la Señorita M, Norman y Leonchus, Sil, Ale y Fede, Jose y mi primita, y conocer a Marie. La próxima, en la heladería Gruta y por lo menos tomamos helado rico rico, como siempre.
No hay caso, no hay lugar como la memoria.
Los dejo con un fragmento de la entrevista de Crítica:
- ¿Se hizo amigos en la galería?
- Un montón [lástima que no me acuerdo los nombres], pensá que muchos locales tienen más de cincuenta años. Ahora, a las cuatro, tengo que ir a un local donde ocho mujeres [empieza a babear] toman un curso de tejido, a levantar el pedido.
- ¿Y es un poco como si entrara el galán? [El periodista tira cualquiera a ver si pasa algo en la nota]
- Y bué, hay que atenderlas un poco a las chicas... [El viagra nos obliga a soportar este tipo de comentarios de señores mayores que en otras épocas optaban por un silencio avergonzado, prostático, pero no exento de dignidad].
Buh, Miguelito. Buh.
jueves, 8 de enero de 2009
Don Julio
De todos los personajes de la Galería Gral. Belgrano (ya lo hemos dicho pero el público se renueva: mi abuelo trabajaba como vendedor de tarjetas de estacionamiento en Obligado entre Pampa y Sucre*), el más respetado por mi abuelo era Don Julio.
miércoles, 7 de mayo de 2008
Chau, Spinelli
Cuando mi abuelo decía "chau Pinela", yo pensaba en Spinelli.
Spinelli era un personaje del que yo escuchaba hablar, pero al que no conocí hasta después de la muerte de mi abuelo.
Había sido el adicionista (nunca lo llamaron de otro modo, nunca le escuché ese término a nadie más) del restorán "El Carioca", que mis abuelos tuvieron en la década del '70 en Austria y Berutti.
Spinelli resultó ser un señor muy gordo que trabajaba en algo impositivo de la municipalidad cuando mi abuela fue a hablar con él, seguramente para pedirle algo.
Su nombre está en la agenda de mi abuelo, escrito por su mano temblorosa, pero a pesar de eso y de tanto hablar de él y contarme anécdotas, no recuerdo que lo haya llamado ni visto jamás.
¿Pinela sería alguien? ¿Sería "chau, Pinela"? En todo caso, para mí este Pinela era tan mítico como Spinelli, este amigo tan cercano que mi abuelo no frecuentaba.
jueves, 27 de marzo de 2008
La otra Patricia
Patricia se llama la mamá de Catalina, mi amiga de la infancia.
Patricia se llamaba también mi mamá.
Catalina venía a almorzar a casa casi todos los días y también muy seguido venía a jugar a la salida de la escuela. A la tardecita, su mamá venía a buscarla. Y era muy raro que mi abuelo la dejara partir así nomás. Que picada, que vinito, que charla...
Mi abuelo la quería especialmente. Por ella misma, claro, pero sospecho que también porque se llamaba como mi mamá y tenía su misma edad y veía en ella la madre que habría sido si la hubiesen dejado.
lunes, 25 de febrero de 2008
Los amigos que no sabían
Mis abuelos tenían un matrimonio amigo. No recuerdo sus nombres, porque yo era muy chica cuando venían a casa. También tengo la imagen de una terraza, así que se ve que alguna vez fuimos a la casa de ellos.
Yo tenía un perrito a pila que caminaba y movía la cola y tenía una cadenita dorada, y recuerdo estar jugando con ese perrito una vez que esta pareja vino a visitarnos.
Un buen día se cortó la relación. Mucho más tarde me enteré el por qué. Ellos no sabían que yo vivía con mis abuelos ni los motivos. Y cuando lo supieron, se alejaron.
Lo posteo acá porque deben haber sido amigos de mi abuelo. Mi abuela no cultivaba la amistad más que con mujeres solas y tampoco tantas (dos en vida de mi abuelo).
Nunca entendí por qué justo esta gente no sabía nada, ni cuál era el interés en mantener la relación si no podían contarles esas cosas.
domingo, 3 de febrero de 2008
Una relación rara
Burrone era el técnico que arreglaba nuestro enorme televisor blanco y negro.
No sé si el origen de la amistad con mi abuelo estaba en la frecuencia con la que el televisor se rompía o si primero estuvo la amistad y luego la relación service-cliente.
Burrone venía siempre de traje y a la tardecita. Arreglaba la tele y después se comía una picada con mi abuelo.
Era un tipo de unos cuarenta y pico, alto y de pies muy pero muy grandes. Yo siempre me quedaba colgada mirándolos.
A él le escuché por primera vez la expresión "patota", cuando contaba de unos chicos patoteros con campera de cuero que había visto en una esquina.
Nunca supe su nombre. Su estado civil intuyo que era soltero. Y su traje y sus impecables mocasines (de gigante) me hacen pensar que tenía otro trabajo diurno y que el service de televisores era una changa vespertina.
Las visitas de Burrone se terminaron con la tele a colores que nos regaló Aurora (una amiga de mi abuela que se ganó el Gordo de Reyes, sí, leyeron bien, conozco a alguien que se ganó el Gordo de Reyes). O quizás antes, porque no tengo ninguna imagen de Burrone en el departamento minúsculo al que nos mudamos cuando yo tenía diez. Claro, no había manera de que el hombre metiera sus pies en esa cajita de fósforos.
jueves, 29 de noviembre de 2007
El Otro
Mi abuelo le tenía mucha bronca a El Otro Tarjetero.
El Otro Tarjetero era el que hacía el turno mañana en la cuadra donde él vendía las tarjetas de estacionamiento.
Este señor, también jubilado, manejaba otros códigos con respecto a la gente de la galería. Mi abuelo era de hacer la vista gorda y recibía a cambio cariño y propinas. Este Otro Tarjetero era más ortiba.
Deben haber existido más razones para tanta tirria, pero no las recuerdo o nunca las supe. Tal vez era solamente cuestión de piel. Mi abuelo era muy de dejarse llevar por esas cosas.
El Otro Tarjetero era petiso, de anteojos, gorra con visera y delantal azul (?). Si lo veo, lo reconozco (si lo veo en el túnel del tiempo, claro está).
En algún momento lo cambiaron de cuadra y pasó a hacer Sucre entre Cabildo y Obligado, también a la tarde. Mi abuelo, que ya no tenía que hablarle, veía su pequeña figura de lejos y empezaba a putear.
jueves, 18 de octubre de 2007
Los muchachos del café PTT
Mi abuelo vendía tarjetas de estacionamiento en la cuadra de Vuelta de Obligado entre Sucre y Pampa (los de Belgrano decimos "Pampa", no "La Pampa"). Era muy buena cuadra, porque le quedaba a metros de casa (Obligado entre Sucre y Echeverría) y porque la gente que iba a la Galería General Belgrano dejaba propinas decentes. Y además por los personajes que poblaban la galería, todos ellos amigos de mi abuelo: los muchachos del café PTT (léase Petete), Don Julio el relojero, los de la juguetería que cada tanto le regalaban ¡una Barbie! para mí.
El café PTT era donde paraba mi abuelo. Cuando yo estaba en sexto grado, tenía un rato libre entre la salida de la escuela e inglés, pero demasiado corto como para volver a casa (ya vivíamos lejos), así que me iba a la cuadra de mi abuelo. Era un rato de intimidad que compartíamos, sin mi abuela. Él se sentaba conmigo y me pedía un submarino y sólo me daba a elegir entre vainillas (más peligrosas para su inmersión en leche) y bay biscuits (más estables). No sé por qué, pero ése era el menú que a él, que había tenido restorán, le parecía adecuado para mi merienda.
De los muchachos del PTT, recuerdo al mozo, que era muy compinche de mi abuelo, y al que atendía la máquina de café. Este último tenía un número de malabarismo que no me cansaba: agarraba con una mano un platito de una pila, lo hacía volar dando vueltas en el aire y lo cazaba con la otra mano, todo esto mientras el café se vertía con su borboteo característico en el pocillo.
Alguna vez, muchos años después de la muerte de mi abuelo, los fui a visitar. Se acordaban de Don José y me reconocieron. Pero no me animé a pedirle al de la máquina de café que me hiciera su numerito. Cada tanto paso por la vereda de enfrente y todavía los veo, el mozo con su uniforme blanco, el del café con su uniforme bordó.
Hagamos así: si hay un operativo clamor en este blog, voy. Y lo registro en video. Es más, invito submarino con vainillas o bay biscuits para los que se quieran sumar. ¡Adelante, clamoreen, no sean tímidos! Estoy cansada de recibir vuestros comentarios por mail.
martes, 9 de octubre de 2007
Manteca
Un buen día Manteca no vino más. Fuimos hasta la casa y nos enteramos que se había muerto. Ríanse ahora, manga de nabos.
sábado, 15 de septiembre de 2007
Adelante radicales
Mi abuelo tenía un amigo que se llamaba Orlando y vivía en Victoria. Una vez fuimos a comer a su casa y fueron también otros amigos que yo nunca había visto ni volví a ver.
De la estadía en su casa sólo recuerdo que daban en la tele las dos pelis de He-man y She-ra, lo cual me sustrajo totalmente de la realidad. Miento, recuerdo también que en el frente de la casa de Orlando había un kiosco que atendía la patrona y que en el jardín vi por primera vez conejitos (me refiero a las flores). Flores, golosinas y He-man, qué más podía pedir.
Retorné al planeta Tierra en el viaje de vuelta en el tren. Volvíamos con estos otros amigos y yo empecé a darme cuenta de que todos esos señores, incluido mi anciano abuelo, estaban bien borrachos. Uno de ellos empezó a cantar a los gritos la marcha radical y todos los demás se sumaron. Mi abuela estaba muy abochornada. Yo me reía mucho.
Adelante, radicales,
adelante sin cesar.
Viva Hipólito Yrigoyen
y el partido radical.
¡Alfonsín, Alfonsín!
Así, con ese grito, cerraban la marcha antes de volver a empezar, como un disco rayado.
En un momento dado, uno de los amigos se cayó al suelo. Y ahí hasta yo, con mi poco desarrollado sentido del patetismo, me di cuenta de que algo andaba mal.
No volvimos a Victoria nunca más. De Orlando supimos que estaba enfermo y después, obvio, que había muerto. Desde aquí, un saludo a su viuda, si vive (y tiene el kiosco).

