miércoles, 19 de noviembre de 2008

Restos del "Carioca" (Parte I)

Mis abuelos habían tenido restorán en los años '70. Lo habían llamado "El Carioca": la marca de café del mismo nombre les había dado algo importante a cambio, no recuerdo qué, pero tiene que haber sido la máquina de café o mucho café, muchas opciones más no hay. "El Carioca" quedaba en Austria y Berutti. Mis abuelos vivían a pocos metros de allí, en lo que fue el pico de su ascenso en la escala social. 


Después de vender el restorán, conservaron muchas cosas. La típica ensaladera individual de acero inoxidable; la bandeja oval del mismo material en la que todavía, en lugares como el Cervantes o San Cayetano, te sirven los canelones; un servilletero con resorte para esas servilletas de papel cuadradas, plegadas, que no absorben nada; ceniceros, también de metal (¡todo era de metal!) con marcas de cerveza; la cucharita para hacer papas "nosé", como decía mi abuela queriendo decir noisette. 

Algunas cosas se pusieron viejas y feas y mi abuela las tiró, cuando todavía gozaba del sentido del asco. Pero otras tantas cosas quedaron en su casa y vinieron a parar a la mía cuando ella murió. 

De a poco, en distintos ataques, el último muy reciente, fui tirando algunos utensilios al comprobar que no los usaba para nada (nunca necesito poner dos canelones al horno). Me encanta cuando voy a un restorán y me traen una ensalada mixta con cebolla en esas ensaladeras, pero no me dan ganas de seguir manteniendo el panteón del "Carioca" en mi casa. 

Me quedo con una de esas bandejas de acero inoxidable pero tamaño familiar (le doy seis meses para demostrarme su utilidad) y la carta del restorán "El Carioca", de Argentina Rojo. El resto, a la basura y a la memoria. 

viernes, 14 de noviembre de 2008

Café

Mi abuelo decía que en un bar o un restorán, la máquina de café es la gallina de los huevos de oro. 


jueves, 13 de noviembre de 2008

Acupuntura

Mi abuelo tenía la columna desviada y eso le traía muchos dolores de espalda y cuello. 


En una de sus tantas búsquedas místico-medicinales (que incluyeron los pastores evangélicos y Garrincha), mi abuelo dio con la acupuntura. 

El acupunturista al que íbamos, siempre los tres juntos porque no había con quién dejarme, tenía su consultorio en la loma del orto. Me acuerdo que tomábamos algo hasta el Club Comunicaciones y ahí el 111, o algo así. Y que siempre era de noche. 

El acupunturista era occidental. 

Mi abuelo se encerraba con él en un consultorio y durante un rato no podía verlo. Lo esperaba en la sala de espera mirando mis cartas de los Súper Héroes o me inventaba aventuras en otros consultorios en penumbras. No se oía nada, sólo algún susurro, pies pisando con delicadeza y finalmente una puerta que se abría. Ahí estaba mi abuelo, dormido sobre una camilla, en calzoncillos, lleno de agujas. Cuando despertaba me explicaba que no le dolía, que no sentía nada. Para mí era magia. 

El acupunturista me enseñó a hacerle un tipo de masaje que consistía en pasarlo los pulgares a los lados de la columna, desde la cintura hasta la nuca. Todas las noches le hacía ese masaje. Creo que mi abuela no quería tocarlo ni con un puntero láser*. 

Como con todo, un día decretó que la acupuntura no le hacía nada y no fuimos más. 

Asterisco: Sí, mi abuela veía el futuro y predijo la invención del puntero láser, ¿y qué?

lunes, 10 de noviembre de 2008

Pan

"Ya estás sacando pan del horno", me retaba mi abuelo cuando me veía escarbándome la nariz.

lunes, 3 de noviembre de 2008

De la confianza en las inmobiliarias

Cuando yo tenía diez años, mi abuela gestionó un crédito hipotecario para que nos pudiéramos comprar una casa. 


Salíamos a buscar departamento y a mi abuelo no le gustaba ninguno. Hasta que apareció uno, de tres ambientes (por fin yo iba a tener mi pieza propia), en un edificio del Hogar Obrero sobre Álvarez Jonte. Hubo un factor decisivo para que mi abuelo diera el ok: conocía a la gente de la inmobiliaria. No recuerdo de dónde, pero a pesar de que hacía muchos años que no los veía, le inspiraban confianza. Ahora que lo pienso, seguro que eran correligionarios. 

El dueño del departamento estaba de viaje en el sur y no venía, no venía, no venía. Se nos vencía el plazo del crédito, pedimos prórroga, el propietario seguía sin volver. Así que hubo que ir a la inmobiliaria y retirar la oferta. 

Se disparó el dólar y terminamos comprando un dos ambientes que empeoró notablemente nuestra calidad de vida. 

Obvio que para mi abuela la culpa fue de mi abuelo que se confió en esos conocidos de la inmobiliaria.  

Ah, de yapa, la última vez que fuimos a la inmobiliaria perdimos un paraguas que yo me había ganado en un sorteo de fin de año en una farmacia. De ese paraguas me acuerdo bien porque fue lo único que gané en mi vida. 

lunes, 27 de octubre de 2008

Grandes valores

Una obviedad:

Con mi abuelo veíamos "Grandes Valores del Tango". Todos los ¿miércoles? En fin, el día que fuere, no nos perdíamos ninguna emisión.

Sobre todos los cantores teníamos alguna apreciación crítica. Preferíamos a Guillermito Fernández por sobre Ricardito Marín y no nos equivocamos. ¿Dónde está Marín hoy? ¿Eh?

Otro ejemplo: Virginia Luque no nos gustaba; Beba Bidart, sí. Y así. 

Para mi abuelo, otro gran valor del tango podría haber sido mi baba (mi abuela materna). Le insistía para que concursara porque según él cantaba muy bien. Mi baba no se tomaba en serio lo del concurso, pero creo que se sentía halagada.

jueves, 23 de octubre de 2008

29

Como ya dije, no cualquier cosa del año del ñaupa rankea para deciamiabuelo


Por ejemplo, mi abuelo nunca hablaba de darle a alguien "un bollo", y sí "un ñoqui". 

domingo, 19 de octubre de 2008

De por qué era imposible acostarme en su cama

Si quería acostarme en la cama con mi abuelo (para mimosear un poco, porque yo siesta no dormía ni duermo), el problema no era que le pateaba las piernas. No, no. 


Le pateaba las canillas. 

jueves, 16 de octubre de 2008

Diminutivo dudoso

Mi abuelo no me decía "pilla", sino "pillina".

En este caso, no entiendo si el diminutivo atenúa el epíteto o lo empeora.

"Qué pillina que sos", ¿es peor o mejor que "qué pilla que sos"? ¿O es otra cosa?

sábado, 11 de octubre de 2008

Chacarita

El 6 de octubre, el lunes pasado, se cumplieron treinta años del secuestro de mis viejos. Unos días antes, pensé en un par de momentos en ir a algún lugar a dejar una flor. Y me sentía muy molesta conmigo misma porque no se me ocurría adónde. Hasta que me di cuenta de que justamente ése es el chiste de la desaparición forzada de personas. Plop.

Hoy, volviendo de un ensayo, pasé por el cementerio de la Chacarita y me tenté. Por primera vez desde la muerte de mi abuelo, en 1989, quise ir a visitarlo.

Mi abuelo no tiene tumba. No le importaban para nada los ritos fúnebres. Decía "mirá si van a estar gastando plata en algo que ni me voy a enterar", refiriéndose a cruces, flores, etc. Por eso, cumplido el plazo en tierra, sus huesos fueron a dar al osario general.

Pero está en Chacarita, eso lo sé.

Crucé esa plazoleta que todavía me parece nueva, pasé la entrada pintada de ese color salmón tan subido, tomé un camino al final del cual se divisaba el verde y atravesé las primeras bóvedas. Me senté en el pasto y me puse a observar los árboles, los pájaros, el cielo oscureciéndose cada vez más. Pensé en mis muertos: mi abuelo que descansa ahí, mi abuela que fue cremada ahí, mi amiga Mónica que también, mis viejos que no están en ningún lado.

Pensé largo en el teatro y en el amor, escuché unas canciones de Aristimuño que tenía en el mp3, vi pasar un cortejo de gente en auto que no parecía sentir ninguna pena. Y en un momento me avivé de que si era media tarde y estaba tan oscuro era porque se venía tormenta, así que me fui.

martes, 7 de octubre de 2008

Caída

"Me caigo y me levanto". 


La primera versión, la más eufemística, de lo que podía llegar a terminar en un rotundo "me cago en Dios", si el viejo se seguía engranando. 

miércoles, 1 de octubre de 2008

El Athos

Cuando iba a empezar el jardín de infantes, mi abuelo me llevó al que quedaba en la esquina de casa, el Athos Palma.

Me mostró la fachada, el patio, las aulas y, fundamental, los juegos. Me tiré por el tobogán, que me parecía anchísimo porque nos podíamos deslizar tres niños al mismo tiempo. (No sé por qué había otros chicos jugando. ¿Sería también colonia o yo habré comenzado tarde el año?)

Todo el tiempo mi abuelo me hizo sentir que me estaba enseñando las ventajas de ese jardín para que yo diera el veredicto, como decía el. Yo dije que sí, que me gustaba, que iba a ir ahí.

Y fui, muy contenta, creyendo que había sido mi elección.